Relato corto: El fin de todo


Ante la cercana fecha del 23 de diciembre, en la que se estima que se acabará el mundo según los mayas, os dejo aquí el relato corto que escribí hace tiempo y que forma parte del libro Relatos tendidos.

El fin de todo





Lo habían anunciado los científicos primero y luego los políticos. 
El mundo se acababa. 
Así de sencillo, de directo y de cruel. Todo tiene un fin y la tierra no era menos. Un meteorito inmenso impactaría con la tierra, creando terremotos inimaginables, tsunamis, taparía el cielo y dejaría sin oxigeno la atmósfera durante un tiempo y luego subiría la temperatura hasta los 70 grados centígrados. 
No sobreviviría nadie. 
El planeta se volvería desértico. Y aquel era el día. Todo el mundo se levantó aquella mañana sabiendo que aquel era el último día de la humanidad. La hora prevista para el impacto era las 20:19. A esa hora todo habrá acabado. 
Juan decidió, en el mismo instante que oyó la noticia, que no variaría en nada su vida. No caería en el error de otras personas que se abalanzaban a realizar aquello que siempre habían deseado hacer o se habían reprimido. La gente viajaba, la gente bebía y robaba, la gente engañaba, la gente gastaba y compraba de todo, la gente hacia el amor con todo el mundo. Pero Juan no quería caer en ese error, en el error de pensar que las cosas que no había hecho eran cosas pendientes. No, esas cosas no hechas continuarían sin hacerse pues eran desechos de decisiones de otras cosas que sí había hecho y por tanto no estaban como pendientes en su agenda. Si no había viajado más era por el hecho de que había comprado aquel piso en el centro que tanto le gustaba y tan caro le resultó, pero a fin de cuentas era la consecuencia positiva de la decisión. Por otra parte, existían aspectos negativos en cada decisión tomada; en este caso, fue no poder viajar. Pero le daba igual, cuando se decide algo, cuando eliges una opción, siempre dejas de hacer otra cosa. Por eso, Juan iba cada día a abrir su quiosco como si nada ocurriera desde que oyó la noticia y aquella mañana no era diferente de las otras. 
Bien temprano, cuando todavía no habían aparecido las primeras luces del sol, Juan abría el quiosco y desataba todos los paquetes que le dejaban bien embalados los transportistas con los diferentes periódicos del día. Y por lo visto no era el único que seguía haciendo su trabajo, pues si lo periódicos publicaban ejemplar esa mañana es que había gente escribiendo en las redacciones. Juan colocó cada uno de los periódicos en los tablones de madera y una vez finalizó, vio como el quiosco había doblado su longitud al colocar todos los diarios, revistas y coleccionables.

“Hoy se acaba todo”

“El fin de los días”

“La humanidad pasará a la historia”

      Eran algunos de los titulares que había leído en las portadas. Según veía Juan había muchas personas que tampoco dejaban de hacer lo de siempre. Clientes de siempre que compraban el periódico a la hora de siempre. Lamentablemente era el día que mejor caja estaba haciendo, todo el mundo quería estar enterado de lo que iba a ocurrir. En uno de los periódicos ponía que se habían habilitado pantallas gigantes para seguir el acontecimiento. Todas las cadenas de televisión se centraban en la cobertura del choque del asteroide.
Juan cerró el quiosco durante una hora para comer y luego volvió a abrirlo con el mismo éxito que por la mañana. Y fue a las 19:20, cuando faltaba una hora para el impacto, cuando apareció aquel cliente.
-      Hola, ¿qué tal? Me da también un chicle – le dijo el hombre mientras le mostraba el periódico que tenía en las manos para que lo sumara al chicle.
-      Será un euro y cuarenta céntimos.
-      Tome…esto… una pregunta.
-      Dígame.
-      ¿Sabe si mañana en el periódico darán algún vídeo sobre el impacto?
-      ¿Cómo dice? – Juan pensó que aquel hombre estaba de broma.
-      Sí, hombre, ya sabe, un vídeo sobre el impacto.
-      No le entiendo.
-      Pues como los vídeos que dan los periódicos cuando el equipo gana la liga, sabe, de esos “Todos los goles de la liga” o “El partido de la final”.
-      Sí, sí, le entiendo, lo que ocurre es que hoy se acaba el mundo.
-      Ya, pero ¿le han comentado algo de que vaya a sacar un vídeo algún periódico? – El hombre estaba serio, tranquilo y Juan no detectaba ni un signo de burla.
-      Verá, no sé si lo ha entendido pero resulta que mañana ya no existiremos, por tanto, no habrá nadie para crear un vídeo.
-      Bueno, pero podría ser que lo dejaran preparado. A lo mejor hay una máquina que grabará, editará, empaquetará y distribuirá, ¿no? A lo mejor está todo pensado. Bueno, pregúntelo, ¿vale?
-      De acuerdo.
       Y el hombre se fue con toda tranquilidad, abriendo el paquete de chicle y colocándose uno en la boca. Las 19:45. Juan siguió vendiendo periódicos y más periódicos hasta que fueron las 19:59, hora en que decidió cerrar el quiosco e irse a casa. Antes de bajar la persiana, vio la agenda en el mostrador y se detuvo. La abrió en la fecha de hoy, gracias al punto que tenía puesto, donde había una sola anotación:

20:19 Fin

     Giró la hoja y para el día siguiente anotó en la franja de las 05:00:

Realizar pedido de vídeos sobre el impacto.

     Cerró la agenda con una sonrisa en los labios, admirándose de lo insistente que es la esperanza del hombre.


©Daniel Jerez Torns. 2009
Relato del libro “Relatos tendidos”, disponible en Bubok.es


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