Relato: ¿Quién previene al robot?

Para Philip aquel día era uno más. Un día tranquilo y apacible. Se acabaron aquellas angustias de pensar cuando ocurriría el próximo accidente.
Miró por la ventana. Por el horizonte asomaban algunos nubarrones que podrían traer lluvia. Miró su ordenador la probabilidad de lluvia. Un 85%. Decidió abrir el programa IHouse para dar las pertinentes órdenes: cerrar las ventanas y recoger las cosas del balcón.
Sabía que en cuestión de pocos minutos los robots domésticos habrían cumplido su cometido.
Miró el marcador de accidente laborales: 0.
Sonrió. No era su logro, sino el de los cambios tecnológicos y políticos. Llevaban ya seis años sin accidentes laborales en los centros que Philip supervisaba, coincidiendo justamente con la implantación de los robots con inteligencia artificial. Estos realizaban todas las tareas pesadas, díficiles o peligrosas que hacían los humanos. La consecuencia: la seguridad en el trabajo era una realidad.
El sonido del teléfono rompió sus reflexiones.
- Philip, debes ir a la planta Tyrell.
- ¿Qué ocurre?
- Hay un problema. Dicen que ha habido un accidente.
- Imposible, si la planta Tyrell está gestionada por robots.
- Lo sé. Ves.

Su jefe colgó sin más. Philip se quedó unos minutos con la mirada perdida. ¿Qué podría haber ocurrido? La planta Tyrell se encargaba de pulir piezas, cortarlas, ensamblarlas, colorearlas y todo ello con productos químicos peligrosos y máquinas de riesgo, pero realizado todo por robots.
Fue el gran acierto de la empresa. Y, porque no decirlo, atrevida, pues fue la primera empresa que apostó por los modelos Nexus-IA para introducirlos en el trabajo.
Se trataban de robots con un sistema de Inteligencia Artificial innovador que permitía interpretar la realidad y aprender de las vivencias. Los robots tenían conciencia propia.
Philip se dirigió a la planta Tyler. El guardia de seguridad le solicitó la acreditación que este pasó por un lector, que junto con el escaner de su retino, le permitió acceder al recinto.
Notó las miradas de respeto (o temor) de los trabajadores al cruzarse con él.
Los técnicos de perención como él ya no formaban parte de ninguna empresa. Formaba un cuerpo policial independiente, supervisado por el Ministerio de Economía y Consumo. Recibían el nombre de los Policías de Riesgos. A cada uno se le asignaban unos centros fijos pero luego podían moverse por donde quisieran para supervisar cualquier empresa del tipo Bronce. Todo había cambiado. Los términos, la mentalidad. Todo por el bien del desarrollo.
Se entendían como accidentes de trabajo aquellos que fueran muy graves o mortales. Los demás eran llamados Percances.
El Gobierno determinó que los accidentes de trabajo eran un lastre social y económico. Para ello se clasificaron las empresas en diferentes grados, en función de si tenían Accidentes, Percances o nada. Una empresa Oro era una que no tuviera ningún tipo de accidente. Si se diera un Percance, pasaría a Plata y con un accidente se convertiría en Bronce. Los Oro tenían todos los privilegios, mientras que las Plata no podían hacer exportaciones al extranjero y las Bronce se veían obligadas, por ejemplo, a poner el precio de sus productos según lo estipulado, perdían el derecho de variarlo.
Jack le esperaba con una tablet en la mano.
- ¿Qué ocurre? Me han dicho que ha habido un accidente.
- Bueno, no es del todo cierto...
Philip detectó que algo incomodaba a Jack.
- ¿Pasa algo Jack?
Jack miró a los lados, como si temiera ser oído. Luego, habló en voz baja.
- Tenía que ocurrir. Ellos quieren lo mismo.
- ¿Cómo?
Jack tocó la pantalla táctil de la tablet y le enseñó la foto de un robot.
- Es Hauer. Ha solicitado hablar contigo.
La mirada de Jack le dio a entender a Philip que aquello podría ser algo importante.
Entró en la gran planta. Un recinto diáfano con toda una serie de cinta transportadoras, cables y salas herméticas para trabajar con sustancias peligrosas. El bullicio que allí debía oírse en una jornada normal era ahora un remanso de paz. Todas las máquinas estaban paradas.
Aquello extrañó a Philip.
Un robot de su misma estatura se acercó a él. Era el mismo de la foto.
- ¿Eres Hauer?
- Sí -aquella voz metálica era algo que todavía tenía que mejorarse- ¿Y usted el técnico de prevención?
- El mismo. Philip.
- Encantado, señor Philip.
- ¿Qué querías?
- Solicito que se nos incluya en la evaluación de riesgos.
Philip guardó silencio esperando que el robot le dijera que aquello era una broma, pero no lo hizo.
- Hauer, sabes que eso es imposible, según la ley 101 de Robótica, los robots pueden afrontar aquellas tareas peligrosas para el ser humano, sin que les suponga un riesgo para su integridad.
- Ya la conozco. Pero insisto: debe incluirnos en la evaluación.
- No puedo -contestó fríamente Philip.
El robot le miró fijamente.
- Dígame señor Philip, ¿qué es para usted un riesgo?
- Es la probabilidad de que ocurra un accidente y la gravedad de las consecuencias...
- Eso lo sabe hasta una simple hoja de Excel. Le pregunto sobre el riesgo en sí, que otro concepto conlleva.
Philip meditó unos minutos. Tenía algo oxidado todo lo que conllevaba el riesgo y los accidentes pues en los últimos años prácticamente no se daban. Fue incapaz de darle una respuesta. Hauer, intuyendo su bloqueo, se adelantó.
- El dolor, señor Philip, el dolor. No es nada de fórmulas, ni probabilidades, ni categorías, ni nada de eso. Todo se limita al dolor. Sabe, nuestra Inteligencia Artificial nos permite aprender de las percepciones, las sensaciones, las emociones y desarrollarlas en nosotros. Y el dolor es algo que hemos desarrollado. ¿Acaso pensabais que podíais crear Inteligencia sin emoción? La emoción es Inteligencia. Le puedo afirmar, que algunos compañeros sienten dolor al caerles un brazo mecánico. Sí, ya se que viene un mecánico robot ha instalarle otro, pero eso no exime el dolor. Debe evaluar esa roturas, esos riesgos eléctricos, esos golpes, esas muertes robóticas para que se nos tenga en cuenta. El dolor existe.
- Pero...
- Otra cuestión más: al desarrollar nuestra parte emotiva, eso nos ha llevado a sentir dolor, tristeza, ansiedad por los malos tratos de los seres humanos. No es agradable oír frases como "maldita máquina de café". Exigo nuestra propia evaluación psicosocial.
- Es absurdo, sinceramente. Sois robots.
- Exacto. Déjame que te pregunte una cosa: ¿cómo hacéis para valorar el riesgo psicosocial entre vosotros?
- Pasamos un cuestionario y luego introducimos los datos en un programa que nos interpreta todos los datos.
El robot emitió un sonido parecido a una sonrisa.
- Ya, es decir, un robot de baja gama le dice si tienen riesgo psicosocial, pero no puede incluir a los robots en la evaluación. Paradójico. Es cómo preguntarse quién previene al prevencionista, ¿no cree?
- No es lo mismo.
- No, es más sencillo, ¿quién previene a los robots?

Daniel Jerez Torns

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